martes, 29 de septiembre de 2009
Bostezo solar
sábado, 8 de agosto de 2009
Especial con queso
lunes, 6 de julio de 2009
El tonto sin manos
domingo, 28 de junio de 2009
Violín de trapo
Bellos recuerdos lo arropaban en esas madrugadas de desesperanza
Su único abrigo en las noches en que el silencio era el mismo de siempre.
Así se perdía en esas texturas suaves y acolchonadas
Donde su espalda finalmente descansaba de sostener su propio peso.
Qué tristeza que aquel calor no permaneciera durante mucho tiempo.
Pues las memorias son sólo un bulto de trapos e hilachos viejos
Que ya no calientan y sólo enredan al corazón, empapándolo
Con esas gotitas más heladas que el cruel granizo.
Un violín que chillaba a la distancia
Le hacía recordar que en el mundo
Había tristezas más hondas y soledades más vastas.
Así, una noche más, podía conciliar el sueño.
sábado, 13 de junio de 2009
La gran búsqueda
jueves, 11 de junio de 2009
Te lo dije...
jueves, 28 de mayo de 2009
De viejos verdes y chorritos de licor
Adolescentes. Aquí hay uno presente. En su último año antes de graduarse. Nine-teen. Sí, nada más y nada menos que siete años en la escuela de la adolescencia. Y probablemente me quede un rato más, porque tengo la certeza de que reprobé un par de años.
Adolescentes: criaturas verdaderamente horrorosas. Temibles, abominables: perros con rabia. Gatos con miedo. Gorilas narizones. Piojos sin cabeza que picar. Estrellas con reflectores ficticios, inconformes con la luz que ellas mismas emanan. Pájaros sin jaulas incapaces de volar. Sonrisas chimuelas ultra-blanqueadas.
Hablando lenguajes con códigos rebuscados e inútiles: pero la culpa la tienen todos los que no quieren entendernos. Porque cada uno de nosotros tiene cosas muy importantes que decir: ningún corazón se ha desangrado como el nuestro. No hay soledad que se compare con la de nuestras noches. Nadie con nuestra sensibilidad, con nuestro tacto fino y original. Ni un solo amor comparable con el que nosotros protagonizamos. Convencidos, en fin, de que en algunos años habrá media decena de biógrafos especializados en los sitios en que cayeron los finos vellos de nuestras doradas axilas.
Pero eso sí: nadie, nadie con nuestros miedos. Alertados por que se olfatee nuestro temor desde la distancia, nos enfundamos en elegantes atuendos o gruñimos con distinción a todo aquel que pasa cerca de nuestro territorio. Miramos con desdén lo que es distinto a nosotros y aprobamos con magníficos aplausos todo aquello que se nos parece. Somos los maestros del circo del absurdo: escuchamos ovaciones desde las gradas vacías y nos cubrimos la cabeza cuando de éstas nos lanzan proyectiles endemoniados. Parados allí en el escenario, sin hacer nada concreto, pensando que quizás alguien entenderá lo sublime del acto de mirarse en el espejo sin interrupciones.
Basta ya, que seguir confesando las perversiones del grupo al que pertenezco, además de una posible exclusión de éste por parte de mis colegas, conllevaría un interminable listado que uno no está dispuesto a realizar a las dos y cuarto de la madrugada.