miércoles, 14 de noviembre de 2012

cookies & human

Con un gesto amargo se bebió la última gota. La música resonaba aún en la habitación y él se debatía entre el llanto y la sonrisa. ¿Cómo puede tener la vida sucesos tan inexplicables? ¿Cómo nos las ingeniamos para hacer de tantos disparates y sucesiones inconexas un todo coherente? ¿Cómo le hacemos para arrastrar detrás nuestro una historia, y a su lado una amalgama de sueños y temores? ¿Para subvertir el cariño en desconfianza, el afecto en rabia, el deseo en soledad? Construimos ídolos, puentes, antagonistas, compañeros, admiradores. ¿Con qué objeto, persiguiendo qué finalidad? Entretenernos, quizás. Acabar con el tedio. Acoplarnos a esa masa de información y experiencias que llamamos comunidad humana. Acercarnos a esos curiosos personajes por los que sentimos tanta atracción, tanta curiosidad y a veces (¿por qué no?), tanta magnética repulsión: las personas. Tan cerca de nosotros, enormemente parecidas a un tiempo, inquietantemente diferentes al instante siguiente.
Azotó el vaso contra la superficie de la mesa y  arqueó la espalda con alivio. Lo cierto es que le resultaba exasperante vivir la vida entera pidiendo y necesitando cosas distintas, a veces incompatibles entre sí. Le eran necesarios los momentos de soledad tanto como los de comunión con otros, el contacto físico tanto como un espacio y distancia razonables respecto a los demás. Gozaba del silencio y los momentos de reflexión, pero también acudía desesperado al estruendo, al diálogo y al espacio de locura de la fiesta. Carajo, ¿por qué los sentires respecto a los otros no podían mantenerse jamás en su lugar? A las personas las añoraba, las ignoraba, las deseaba, les recriminaba, las necesitaba, las consolaba, les perdía la paciencia, las admiraba, les rehuía, las buscaba, les exigía, las lastimaba, las comprendía, les proponía, las perdonaba: un auténtico carrusel esquizofrénico en unas pocas horas. Entre él, ellas y las circunstancias, no se las arreglaban ni la mitad de las veces para mantenerse en buenos términos, para realizar lo acordado, para permanecer en una sintonía mínima. Qué utopía, entonces, esa de pretender alcanzar acuerdos estables y perdurables entre seres con características como las humanas: volátiles, cambiantes, impredecibles y sobre todo inconstantes... La filosofía política y la ética –concluyó resignado– podían irse muy a la mierda esa noche. Pero esa noche, esa noche nada más. 
En eso se quedó pensando, mientras sumergía otro pedazo de galleta en su segundo vaso de leche. Por hoy, ni él ni la galleta daban para más. Había llegado el momento de disolverse.




jueves, 4 de octubre de 2012

El cangrejo y su costal gelatinoso

No sabes si cantarle o reclamarle a la vida, y no sabes si se lo quieres decir en inglés, en español, o sencillamente con una mirada larga y franca de aporías e indeterminación. Alguna vez un preso hizo de los barrotes de su celda una gran garrocha con la cual voló por encima de las colosales bardas de su prisión, y en otra ocasión alguien escapó de una historia interminable en el mismo momento en que decidió no escribir ese feroz y demandante punto y aparte. 
Las palabras, las nociones, los conceptos, las experiencias, los días y las enseñanzas se acumulan sobre ti, en ese pequeño costal gelatinoso que ocultas discretamente bajo el cabello. Te repites que ahora estás mejor preparado para la vida que antes, pero a veces piensas que eran mejores esas tardes persiguiendo papalotes caprichosos y atravesando ríos caudalosos con un solo salto que alcanzaba para ir de orilla a orilla. Hasta hace poco hubieras preferido un mundo en el que libertad y responsabilidad no fueran de la mano, y en donde las constelaciones celestes fueran partícipes activas de tus enredos amorosos. Un mundo en donde los discursos políticos te aburrieran en vez de apasionarte, y las largas horas transcurridas entre tabaco, alcohol e interminable palabrerío te parecieran un absurdo sinsentido masoquista. 
Pero ahora abrazas esquemas organizacionales y conceptos razonables, hoy te guías por principios sensatos y persigues causas justas. Los placeres no son más que merecidas recompensas, hallazgos inesperados, meteoritos extraviados que caen cada año bisiesto en tu jardín. Te llegó ya la hora de calibrar, de calcular, de acomodar y de preparar para el siempre hambriento e insaciable mañana. Se te reprocha ya cualquier descuido, vaguedad, impuntualidad y torpeza. El mundo humano no espera ni perdona al que no se amolda, al que no se cuadra o no aprende las reglas del juego, al que no tiene una muy, pero muy, buena excusa. 
 Allí vamos, como cangrejos temerosos, metiéndonos siempre dentro de los parámetros, criterios, estándares y cánones establecidos, fijados, acordados y dispuestos. Llegó ya nuestra hora de aportar soluciones prácticas y desarrollar condiciones crónicas, de ganarnos el pan de cada día y referirnos cuando menos al diccionario para cualquier aclaración sintáctico-semántica; de asombrar a la comunidad científica con novedosos postulados o escandalizar al mundo del arte con propuestas indecorosas, y de estrechar pinzas extrañas con la firmeza apropiada o reír puntualmente –con cronómetro en mano– después de un chiste de buen gusto. Y no, no es que sea ni de lejos el peor de los mundos posibles que me pueda yo imaginar, pero a veces preferiría derrochar cada una de las tardes que me restan persiguiendo caprichosos papalotes...         

miércoles, 25 de abril de 2012

Peces plumíferos

¡Oh, gran misterio de ser humano! Hablamos por hablar. Tal vez, hablamos por hablar. ¿Qué importa si hablamos por hablar? ¿Qué nos importa? Encerrados en el extraordinario mundo de las posibilidades. Activados por los más incognoscibles, impredecibles resortes.
Un pasillo con luz que vuelve claros y distintos a quienes lo cruzan. Una puerta azul que simultáneamente distorsiona sus figuras y las llena de zig-zageos inesperados. Cada instante nos presenta al mundo con una curvatura distinta. Los odiosos maestros que acaparaban el estrado se tornan ágiles siluetas que desaparecen con una sonrisa de la mirilla por la que espiamos al mundo. O lo admiramos, según el día.
La deslumbrante mujer que hacía nuestras rodillas tiritar con el decidido timbre de su voz es arrastrada por inesperados centros de gravedad a parajes en donde no nos reconocemos ya.
Las ideas surcan el cielo neurológico con presteza y vanidad. Dejan su rastro con la esperanza de que nos encaprichemos en su persecución. Como anzuelos aéreos, buscan pescarnos de nuestro aburrimiento, sorprendernos en nuestro escondite de algas parsimoniosas. Y nosotros, crustáceos con alas, encendemos el motor y jugamos a los detectives con la gabardina sobre las plumas y la lupa entre las garras.
Pero volteamos la página y entonces regresa la lentitud de quien viaja con equipaje. Aterrizamos porque la gente espera impaciente sus maletas en la banda 3. El descenso se confabula con la implosión. Regresamos a los límites, a las pieles y los pliegues, a los espacios de siempre que tan poco nos echaron de más. Arrancar, o sentir la arena disolverse entre los pies. Bucear en las profundidades de nuestra  taza de café o tomar de la mesa un sobre de azúcar, y vertirlo con delicadeza en la laguna oscura de nuestra tarde sin contratiempos que mantiene aún el deseo de ser un poco más dulce.
El avaricioso enano mitológico decide tomarse un pequeño descanso. Cada vez es más el trabajo requerido para extraer de entre las betas un poco de su preciado me(n)tal. La niebla nos adormece y nos disocia con lentitud. Naufragamos al momento mismo en que la tierra se queda sin mar. El combustible renuncia a estar al servicio de otro. La gasolina exige ahora que el automóvil la impulse y las calorías piden a gritos su partido de fútbol mientras queman humanos. Volvemos al lento vaivén de las nociones, las coherencias y las horas. Se interrumpe la marea hasta nueva luna. Se despide la luna hasta próxima noche. Se retira la noche hasta el cuento siguiente.

lunes, 24 de mayo de 2010

Baile(y)s eterno

Te vas hacia adentro, como si tu corazoncito tuviera un imán que te chupa las entrañas y te envuelve sobre ti mismo. Entonces hay que volver a empezar, y recordar que los polos magnéticos están allá afuera. Sí, cambiantes, inestables y hasta peligrosos, pero sobre todo más sorprendentes y divertidos que la monotonía monocromática del interior.
Suponen los astrónomos más fregones que en un principio la Tierra hubo de necesitar de un centro gravitacional para no sentirse tan atemorizada y contrariada en un universo tan grande. Y la Tierra, igualmente neurótica que los individuos que ahora se encargan de destruirla, se encontró de pronto mareada, dando vueltas sobre sí misma y tratando de morderse la cola, de correr a África y alcanzar Japón en un mismo instante, sin entender que una esfera no puede nunca visualizarse completamente a menos que de que se deshaga de todo contenido y se vista de una transparencia insignificante. El mundo seguía sin comprender que una esfera que gira sobre sí misma sólo gasta valiosas energías.
Pero la Tierra maduró con los años en el vasto Universo de formas y entendió que al final esos granitos que hacían erupción de cuando en cuando en su cutis no eran tan malos, y que su piel azul con esos vellos verdes que crecían en sus gigantescos lunares tenían su belleza.
Y fue finalmente por esos tiempos que la tierra se puso en marcha nuevamente y comenzó a dar vueltas por el Universo, en un trayecto que pronto se convirtió en una danza eterna con otros compañeros de baile (entre ellos, un soberbio señor esforzándose por cegar a todo aquel que la mirara de frente y una poetisa melancólica demasiado modesta como para brillar con luz propia) con los que finalmente no tenía otra alternativa más que bailar. La torpeza inicial que la condujo a dar vueltas sobre sí misma se había convertido ahora en un paso de baile que era imitado por los demás danzantes.

miércoles, 12 de mayo de 2010

a-go-gotas

¿Es agua de lluvia? No, son las gotas de una regadera. ¿Calientes o frías? No estoy seguro, las escucho a la distancia. Me arrullan, me jalan hacia el punto de equilibrio en mi cerebro, en espiral. Espera un segundo... Algo atrae mis pasos en reversa, la marcha se acelera hacia atrás y me alejo con una rapidez catastrófica de ese centro... Con una bocanada similar a la primera que da el recién nacido, despierto en el salón de clases. El maestro relata un cuento de ciencia ficción y yo suspiro aliviado desde la última fila pensando que, por suerte, nadie notó mi desliz.

sábado, 16 de enero de 2010

Discurso misántropo, Libro I

A veces parece como si la parte más profunda de la naturaleza humana fuera estar en guerra. Guerra con los otros, con la Tierra y con los otros seres vivos. Guerra con las ideas, entre los hombres, entre las razas y entre las naciones. Guerra con los del otro sexo, con la familia, con los hermanos, con los de diferente condición. Vaya, guerra hasta con uno mismo, contra lo que uno mismo es.
Tan es así, que nos sentimos con ánimo de luchar con el enemigo que ya no está, que pereció o sencillamente se fue a pelear otras batallas. La guerra es el juego más tonto que sabemos jugar y, sin embargo, el que con más facilidad nos atrapa. La guerra: el juego que mejor sabemos jugar.
Después de todo, los beneficios que obtenemos en este juego no son nada desdeñables. El hombre victorioso siempre tendrá algo que presumir, un bello recuerdo con el cual mirarse al espejo e hinchar su pecho por las mañanas. Y hasta el derrotado encuentra consuelo en su fracaso: su lucha fue la buena, la noble, la honesta y la valiente.
Son sólo instantes fugaces en los que todo hombre descubre en la guerra un sinsentido. Todos caemos, tarde o temprano, en situaciones tremendas en las que odio y muerte aparecen como el más grande de los absurdos.
Como un juego en el que el balón es más grande que la portería, hasta que terminamos por ponchar el balón o zafar la portería de la cancha. Situaciones que hemos tenido a bien en llamar "trágicas", aunque el constante zumbido (o aullido, o graznido) de la vida siempre termine por difuminarlas.
Son pocos los que se han cansado de la guerra y la barbarie, que llevan al extremo su condición trágica. Pero los ha habido: músicos melancólicos, poetas locos y suicidas, amantes jóvenes cuyas vidas terminan recién comenzadas. Algo curiosísimo sucede entonces, pues parece como si, al perder el apetito por la guerra, estos hombres y mujeres hubiesen perdido también el interés por la vida.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

HenRedUs (nosotros las gallinas rojas)

Viento. La hoja no cae, se levanta.
Grito estruendoso, bajo el agua.
Tatuaje de Sol en piel extraña.
Angustia volátil entre aromas de hotcakes y miel.

Orejitas finas y un perfil que te da media espalda.
Vidas encriptadas en miradas bajas y palabras enredadas.
Aprendan ya que para los temblores bastan un par de labios que se separan,
una pupila que se enciende y un cuello que se sonroja.

¿Quieren saber un secreto? Lo que más le costó a la humanidad fue poder amar.

lunes, 26 de octubre de 2009

Naranjas imprimidas (el jugo jugó)

Por una vez. El conrazón se para en seco en ese extante de hielo que lo amamantiene vivo. Un auuuuuullido despierta a las pasiones nocturnas que dormitaban delicadamente como ojos gATÚNos en el bote de Can y Cas. El caballo de alado no es un pegaso, pero la nada nada (de crol y de pecho). El Crol, criatura mitológica se parada evolutivamente del Troll en las é(pocas) de Pangea por decreto de Zeus y a  pesar del berrinche Dionisiaco.  Vamos, es sólo poesía. Po es Ía cuando estás con tento. Sin el tento todo tiento. Hoy es truendo. Es trueno. Se deshace el sigilo crolcroldilesco con ese ¿o?beso gigante que em papá con yo-vi-a la superficie de-dos labios resecos secos ecos cos os. 
¿SiGuess sin verlo? Hoy la vida es la chispita de un fuego artefacial que comienza a subir por celos negros de sí udades luminosas observadas a la distancia por amantes plutónicos, que toman vino satúrnico desde la terraza con vista al uni verso, verso terso del poeta Ociocio.

martes, 29 de septiembre de 2009

Bostezo solar

El Sol, que se ha entretenido con incontables historias de amor,
comienza ya a bostezar ante el meloso espectáculo.
No sabe que a la Luna siempre le ha tocado la mejor parte.

sábado, 8 de agosto de 2009

Especial con queso

Esa imperiosa e incontrolable necesidad de explotar. Estallar, ¡volar en mil pedazos para hacer el amor con mil diferentes mujeres! Que mis labios dislocados besen los labios más carnosos, y que mi nariz se impregne del perfume femenino más sublime de todos. Que mis oídos permanezcan escuchando al corazón más dichoso y mis ojos se queden mirando a la mirada más ardiente en el recorrido de su caída libre. ¡Que mis pulmones se eleven entre las nubes como dos globos aerostáticos y las neuronas de mi cerebro alumbren una ciudad entera! Que mis venas salpiquen su sangre sin remedio, regando los desiertos de este mundo con vida nueva, mientras mi corazón da saltos kilométricos de tórax en tórax. ¡Y quedar así, deshecho, en mil pedazos por siempre, en el más incontenible de los éxtasis!

(Lo que es estar caliente)

lunes, 6 de julio de 2009

El tonto sin manos

-Al principio, fue sólo un dedo.
-¿Por qué?
-Me prometieron cambios maravillosos. Así continué hasta que me corté los nueve restantes de las manos.
-¿Cuál era la promesa?
-Por favor comprende, amigo. Me ofrecieron aumentar mi coeficiente intelectual en un grado por cada dedo que les entregara. Tú sabes mejor que nadie que nunca he estado demasiado satisfecho con mi inteligencia...
-Pero... ¿qué es precisamente lo que tenías que entregarles? ¿Un simple dedo frío y sangrante? 
-Bueno, no exactamente... Una vez terminado el proceso de limpieza de las uñas los sumergía en un tarro de mermelada de fresa y los envolvía en papel celofán. Aunque para el meñique me pidieron un procedimiento especial que probablemente no sea apropiado comentarte...
-¿Y ellos que te daban a cambio?
-Unas pildoritas anaranjadas.
-¿Entonces ahora hablo con una persona diez grados más inteligente que antes?
-En efecto.
-¿Y te has dado cuenta de nuevas cosas?
-Vaya que sí. Ahora comprendo que cometí los diez errores más grandes de mi vida.

Final uno:

-Y ahora, ¿qué piensas hacer?
-Pero hombre, ¿qué no es obvio? ¡Cortarme los dedos de los pies para ver de que otras cosas puedo darme cuenta!

Final dos:

-Sin embargo, esos hombres son bondadosos. Ahora me han ofrecido, gratuitamente, diez pildoritas amarillas que reducirán mi coeficiente intelectual en diez grados.
-Justo como antes... ¿En verdad piensas tomarlas?
-¡Por supuesto! ¡Quiero al menos pensar que no fue un error cortarme los dedos de la mano!

domingo, 28 de junio de 2009

Violín de trapo


Bellos recuerdos lo arropaban en esas madrugadas de desesperanza

Su único abrigo en las noches en que el silencio era el mismo de siempre.

Así se perdía en esas texturas suaves y acolchonadas

Donde su espalda finalmente descansaba de sostener su propio peso.


Qué tristeza que aquel calor no permaneciera durante mucho tiempo.

Pues las memorias son sólo un bulto de trapos e hilachos viejos

Que ya no calientan y sólo enredan al corazón, empapándolo

Con esas gotitas más heladas que el cruel granizo.


Un violín que chillaba a la distancia

Le hacía recordar que en el mundo

Había tristezas más hondas y soledades más vastas.

Así, una noche más, podía conciliar el sueño.


sábado, 13 de junio de 2009

La gran búsqueda

Se asomó por el balcón y le gritó a la primera mujer que vio caminando por la calle: "señorita, ¿quiere usted hacer el amor conmigo?". Y ella dijo que sí...

Buscamos cosas sencillas. Buscamos mantener a nuestro cuerpo funcionando. Sentarnos en la mesa tres veces al día. Saciar la sed con una coca-cola helada. Acurrucarnos sobre la almohada cuando el cansancio aflora y tratar de recordar nuestros sueños al despertar. Vaciar la vejiga y el intestino cuando éstos han terminado su ciclo. Reír con unas cuantas personas que entienden el mundo de manera similar a como tú lo haces, o a lo mejor de un modo tan peculiar y extraño que no pueden evitar ponerte de buenas. Alejarnos de lo feroz y de lo temible. Hacer el amor y dormir al lado de una mujer que no comprende las cosas como tú pero se siente atraída por el modo particular en que las ves: lo mismo pasa al revés. Buscamos no pasar frío ni achicharrarnos bajo el sol, resguardarnos del dolor y entretenernos con juegos ocurrentes y objetos curiosos. Así pasamos nuestros días: buscando. Porque en realidad nadie quiere mucho más. Si alguien encuentra, puede decirse que ese hombre o esa mujer llegaron a esta vida para gozarla.
Pero no es fácil. Las grandes tragedias de este mundo aparecen cuando se pierde alguno de esos elementos (las personas que se van, las vejigas que dejan de hacer su trabajo), o cuando la búsqueda insaciable parece no dar resultados (no siempre hay donantes de vejiga disponibles). 
Precisamente ahí está el enigma de la complejidad humana. La hallamos en toda esa serie de métodos, esquemas, aparatos y proyectos que las personas inventan y llevan a cabo para hacerse de esas cosas necesarias y maravillosas. Algunos con ideas geniales; otros con verdaderos disparates. La cabeza humana no hace más que seguir imaginando. Por eso hay libros, guerras, escusados y comida enlatada. Por eso hay celebridades, acuarelas, gimnasios y crímenes pasionales. Ética, cervezas y salones de belleza. Faldas, vacunas, cumbias, iglesias y chats cachondos (seguramente habrá uno que otro párroco que los frecuenta). Perfumes, bicicletas, tácticas de ligue (de las cuales el párroco es un gran conocedor) y bloqueador solar. Todo con el sencillo deseo de poder encontrar (o atrapar o arrebatar, a veces) esas cosas simples que nos hacen sentir bien.
Así vamos todos, descartando estrategias, refinando tácticas, inventando nuevos instrumentos con la esperanza de que el tiempo nos alcance para tener éxito en nuestra gran búsqueda.

jueves, 11 de junio de 2009

Te lo dije...

Los consejos se hicieron para decirse, no para seguirse. Y los sabios hablaron por milenios enteros mientras la humanidad cometía las mismas torpezas de siempre.

jueves, 28 de mayo de 2009

De viejos verdes y chorritos de licor

Adolescentes. Aquí hay uno presente. En su último año antes de graduarse. Nine-teen. Sí, nada más y nada menos que siete años en la escuela de la adolescencia. Y probablemente me quede un rato más, porque tengo la certeza de que reprobé un par de años.

Adolescentes: criaturas verdaderamente horrorosas. Temibles, abominables: perros con rabia. Gatos con miedo. Gorilas narizones. Piojos sin cabeza que picar. Estrellas con reflectores ficticios, inconformes con la luz que ellas mismas emanan. Pájaros sin jaulas incapaces de volar. Sonrisas chimuelas ultra-blanqueadas.

Hablando lenguajes con códigos rebuscados e inútiles: pero la culpa la tienen todos los que no quieren entendernos. Porque cada uno de nosotros tiene cosas muy importantes que decir: ningún corazón se ha desangrado como el nuestro. No hay soledad que se compare con la de nuestras noches. Nadie con nuestra sensibilidad, con nuestro tacto fino y original. Ni un solo amor comparable con el que nosotros protagonizamos. Convencidos, en fin, de que en algunos años habrá media decena de biógrafos especializados en los sitios en que cayeron los finos vellos de nuestras doradas axilas. 

Pero eso sí: nadie, nadie con nuestros miedos. Alertados por que se olfatee nuestro temor desde la distancia, nos enfundamos en elegantes atuendos o gruñimos con distinción a todo aquel que pasa cerca de nuestro territorio. Miramos con desdén lo que es distinto a nosotros y aprobamos con magníficos aplausos todo aquello que se nos parece. Somos los maestros del circo del absurdo: escuchamos ovaciones desde las gradas vacías y nos cubrimos la cabeza cuando de éstas nos lanzan proyectiles endemoniados. Parados allí en el escenario, sin hacer nada concreto, pensando que quizás alguien entenderá lo sublime del acto de mirarse en el espejo sin interrupciones. 

Basta ya, que seguir confesando las perversiones del grupo al que pertenezco, además de una posible exclusión de éste por parte de mis colegas, conllevaría un interminable listado que uno no está dispuesto a realizar a las dos y cuarto de la madrugada.

Sólo una última advertencia, jóvenes. No alimenten Ilusiones (no le den de comer a esas señoras obesas que engordan y engordan mientras más comida les pones enfrente): no vienen tiempos mucho mejores… Con seguridad acaberemos como descarados viejitos verdes o quisquillosas señoras que vierten con discreción un chorrito de licor en su recatada taza de café vespertino. 

martes, 5 de mayo de 2009

Crecer

Una noche solitaria de tristeza honda.

Si ahora divisara a alguien a la redonda,

pegando un grito al aire le tendría que decir:

amigo, ¡acompáñame que no puedo dormir!

 

Crecer

 

Crecer. ¿Qué es crecer? Esperar en la parada del autobús para que el camión nunca llegue, dar una vuelta inesperada en la gran avenida para detener al microbús que está a punto de seguirse de largo. Emocionarse hasta las lágrimas pero ser capaz de contenerlas, haciendo que tus párpados ligeros puedan sostener mares enteros: agua y sal.

Admirar la sabiduría del viejo sin poder ponerla en práctica, como él mismo no pudo hacerlo en su momento.

Un cielo gris pinchado con alambre de púas, una naranja madura cayendo sobre la hierba verde.

Aventurarse en proyectos que de antemano se sabe, permanecerán inconclusos.

Una indigestión en el corazón y pensar que medio año es ya toda la vida. Temerle a lo que uno ya conoce y ser descarado frente a lo oculto. Balbucear palabras sin poder contenerse, como si cada sílaba arrojada al azar calmara las ansias de la incertidumbre y el pasmo del desconcierto.

Jugar a ser el rey del mundo en el interior de una fiesta, para salir al jardín por un poco de aire fresco y llorar por viejos amores.

Ensayar, hacer de las equivocaciones grandes tragedias y de los pequeños aciertos heróicas hazañas. Permanecer la noche entera en vigilia, aunque se sepa con certeza que el desvelo acabará por causar enormes estragos.

Ser ciego respecto a cualquier proporción o dimensión. Nuestros cálculos son tan sensatos como nuestros deseos y miedos: vemos un incendio voluptuoso en una chispa accidental y decimos del estruendo del terremoto que sólo fue ligera sacudida.

Quemar las cartas cuyas cenizas se guardarán después con recelo y añoranza. Abrir los ojos con extrañeza y ser incapaz de entender porqué no te destroza un meteorito. Desbordarse en silencio o aparentar darlo todo sin entegar un solo latido de corazón.

Encontrar un día que tu alma antes blanda y sin textura tiene ya un par de sutiles e inexplicables cicatrices.

Formar parte de una carrera involuntaria, ser partícipe de una marcha que te arrastra inevitablemente, sin tregua, como si fueras la exhausta manecilla de un reloj incansable. 

Crecer, en fin, es no darse cuenta de que uno está creciendo…



¿Qué más dirías tú que es crecer?